Caras de inmigración

Recientemente los obispos de los Estados Unidos se juntaron en Indianapolis para nuestra Asamblea de la Primavera. Uno de los temas de conversación era la inmigración, y desde entonces, he estado pensando en mis abuelos.

Mis abuelos paternos eran inmigrantes. Guillermo/William Rieken (más tarde Ricken) emigró del norte de Alemania en 1911 y su hermano Heinrich “cruzó el charco” en 1913. Heinrich fue acompañado por otros de Alemania incluso una mujer joven llamada Christina Hanekamp que se casó con Guillermo/William, mi abuelo.

Sufrieron enormemente cuando primero llegaron. Mi abuelo era el mayor de 18 niños en el país viejo; mi abuela era una huérfana y tenía una infancia muy difícil. Vinieron sin dinero, no tenían ningún conocimiento de la lengua inglés, pero un deseo fuerte de hacer una vida nueva y una gran dependencia en el regalo de su fe.

Cuando visito con familias inmigrantes en nuestra diócesis, veo las caras de mis abuelos y de esa generación. También veo la cara de mi padre que sufrió como los primeros descendientes de inmigrantes alemanes, obligados a abandonar la escuela después del octavo grado para ayudar a sus padres a ganarse la vida para sus nueve hermanos. Aunque las caras y los nombres han cambiado, los inmigrantes que conozco vienen a este país con sueños y esperanzas similares. También experimentan algunos de estos mismos desafíos de los cuales mi familia afrontó.

Lamentablemente, en los 100 años pasados, parece que todavía nos esforzamos por dar la bienvenida a inmigrantes en nuestras comunidades. Hoy, hay una abundancia de la retórica odiosa, enraizada en el miedo de inmigrantes. Miedo que se infiltren en nuestro país para hacernos daño. Miedo que tomen empleos de americanos. Miedo que vengan acá para vivir del gobierno. Estos miedos pueden nublar nuestra visión al punto que ya no vemos a inmigrantes como personas, pero mejor dicho como criaturas anónimas. Cuando hacemos esto, les robamos a inmigrantes su dignidad humana.

Como discípulos de Cristo, estamos llamados a poner nuestra confianza en Dios y no dejarnos ser vencidos por el miedo. Específicamente, las Escrituras demandan que demos la bienvenida a extranjeros, no como criaturas anónimas, sino como seres humanos. En el Testamento Antiguo, Dios ordenó que Moisés y los israelitas dieran la bienvenida a los extranjeros, recordando cómo, también, eran una vez extranjeros (Deuteronomio 10: 19). Asimismo, en el evangelio, según San Mateo, Jesús dice que cuando celebramos el forastero, le damos la bienvenida a Él (Mateo 25: 31-46).

Estos son palabras desafiantes, pero confiando en Dios, podemos encontrar el valor para reaccionar. Para hacer esto debemos recordar que inmigración tiene una cara, de hecho muchas caras. Detrás de esas caras hay historias, como la historia de mis abuelos que arriesgaron sus vidas en busca de  oportunidades mayores para ellos y sus hijos. Cuando nos encontramos con las caras, cuando nos enteramos de estas historias, dejamos de ver a los inmigrantes como algo que temer y empezar a verlos como la gente que son, creados a la imagen de Dios. ¡O como dijo Jesús, que cuando nos fijamos en estas caras, lo vemos a Él!

Para ayudarnos a ver estas caras y conocer sus historias, les ofrezco algunas sugerencias:

Visitar la exposición de Estamos Aquí en el museo público de Neville en Green Bay. Esta exposición bilingüe, que continuará en 2018, celebra la identidad latina en el noreste de Wisconsin. Una vez allí, usted puede aprender también las historias de otros inmigrantes que han venido a esta región desde el siglo XVII.

Asistir a misas bilingües en uno de nuestros diocesanos parroquias y preséntese a alguien después de la misa.

Encontrar un programa en su parroquia o comunidad que ayuda a los inmigrantes en instalándolos aquí. Si usted no puede encontrar uno, considere la posibilidad de iniciar uno.

Estas son unas pocas sugerencias. Invito a cada uno de nosotros considerar en rezo cómo Cristo nos llama verlo en los rostros de los inmigrantes en nuestra comunidad. Cuando lo hacemos, estoy seguro de que ya no veremos estas personas como extraños sin rostro, sino como discípulos, compañeros en el camino.