Tras los pasos de san Óscar Romero en El Salvador

By Rhina Guidos | Catholic News Service | March 4, 2019

EL MOZOTE, El Salvador  — Parecía que las nubes sobre el pueblo de El Mozote fueron cuidadosamente puestas en el cielo ese día, decorado de algodón en ese paisaje azul celeste que domina el valle verde bajo los pies de una gran estatua del primer santo católico de El Salvador.

Con los brazos extendidos, la figura de bronce, una inconfundible imagen de san Óscar Romero luce como si estuviera bendiciendo desde lo alto el paisaje, casi igual que el icónico Cristo Redentor de Río de Janeiro. La estatua fue ubicada intencionalmente en las alturas del remoto pueblo en la zona montañosa de El Salvador donde, en 1981, unos mil hombres, mujeres y niños que vivían abajo en el cantón de El Mozote fueron torturados y luego masacrados por escuadrones de la muerte.

Era un insólito lugar para llevar a un amigo italiano que durante años me había pedido repetidamente que lo llevara a visitar mi país natal de El Salvador, un viaje que, debido a las complicadas agendas de dos adictos al trabajo en diferentes continentes, y luego de varias consultas con dos sacerdotes salvadoreños, tardamos siete años en coordinar. En 2012, cuando conocí a Thierry Bonaventura — un siciliano con acento francés que trabaja en comunicaciones en la Iglesia Católica — ninguno de los dos hubiéramos imaginado que el viaje que estábamos planeando se convertiría en una especie de peregrinación tras las huellas de san Romero de El Salvador.

En ese entonces, la causa de la santidad del fallecido arzobispo salvadoreño estaba aún estancada en el Vaticano. El papa Benedicto XVI le daría luz verde para avanzar, más adelante ese mismo año, pero incluso entonces, la figura del arzobispo asesinado dominaba cualquier conversación sobre El Salvador, y era una parte de la realidad del país que Thierry dijo que quería conocer.

Cuando llegamos a El Salvador el 28 de enero, incluso el aeropuerto principal de la ciudad capital en Comalapa ya llevaba el nombre del santo, cuyo nombre o mera imagen en una época causaba una gran inquietud entre las autoridades del país — igual que en el Vaticano.

En 2019, lo que me alarmaba a mi era viajar por la capital de San Salvador con un europeo que no quería una versión descafeinada de El Salvador, lo que significaba entrar a vecindarios donde los pobres o la clase media viven y se exponen a diario a la violencia callejera. En recientes años, El Salvador se ha ubicado a la cabeza — o cerca — de las listas de los países más violentos que no están en guerra.

Ya había hablado del viaje y las preocupaciones de seguridad con mi amigo y compañero salvadoreño, el padre Moisés Villalta, quien aceptó llevarnos de modo que él también podría planear mejor y trazar una ruta aún inexplorada por muchos amigos y peregrinos extranjeros que le pedían información para hacer un viaje similar.

Nuestra primera parada fue San Salvador, un área metropolitana de 2.4 millones, que la mayoría de peregrinos visita para conocer los lugares donde se desarrolló la historia de san Romero: la Catedral Metropolitana de San Salvador, donde está sepultado; la capilla del Hospital de la Divina Providencia, donde fue asesinado el 24 de marzo de 1980; y la cercana habitación donde vivió durante sus tres años como arzobispo, desde 1977 hasta 1980.

Nuestro viaje inició con una oración en la tumba del santo, un lugar que un tiempo se sentía abandonado en el sótano de la catedral. Ahora está decorado con una elegante escultura de bronce que representa a san Romero como si él estuviera durmiendo mientras lo vigilan cuatro evangelistas, y una preciosa joya roja representa su corazón.

En El Salvador, arte de ese calibre es muy raro. Thierry, un experimentado viajero europeo conocedor del arte, no parecía tan impresionado como yo lo estuve cuando lo vi por primera vez. Tal vez, él simplemente estaba cansado, como yo también, pero me sorprendería si no fuera porque desde el inicio dijo que no tenía interés en ver monumentos sino estaba más interesado en la vida diaria de la gente salvadoreña.

San Romero, no obstante, debe haber escuchado sus deseos porque, en camino a nuestro siguiente destino, la Capilla de la Divina Providencia, una congestión de tráfico nos desvió hacia la Panadería de la Divina Providencia en el Antiguo Cuscatlán. Los dueños de la panadería son una pareja de unos 70 años, cuya boda fue oficiada por san Romero.

Mientras compartíamos un café, Adilia Villalta nos contó que aunque ella se había casado por civil en los años ’70 con su esposo, Guillermo, él no quería casarse por la Iglesia Católica hasta que un día, de repente, él dijo que estaría de acuerdo solamente si san Romero, un amigo y frecuente visitante, oficiaba la boda.

San Romero rápidamente hizo algunas llamadas telefónicas para coordinar con el sacerdote de su parroquia, dijo Adilia, e incluso reservó una capilla privada usada frecuentemente para bodas de la alta sociedad. Cuando algunos representantes de la iglesia preguntaron por qué estaba usando una capilla reservada para ocasiones “especiales” para el matrimonio de una pareja de la clase obrera, él contestó: “Pues, son especiales para mí”, recordó Adilia.

Quizás sorprendidos por el interés del italiano en su historia, o tal vez porque simplemente ellos son generosos de corazón, le mostraron a Thierry un raro libro sobre el santo, el cual parecía que habían leído muchas veces. Fue escrito por Tiberio Romero, el hermano del santo, y ellos se lo obsequiaron.
Thierry, a su vez, buscó en un bolsillo de su pantalón y, para su gran sorpresa y mi gran envidia, les dio un regalo que hizo brotar las lágrimas en los ojos de Adilia: un rosario que el papa Francisco le había dado a él. Los tres se abrazaron como si fueran amigos que hace tiempo no se veían y secaron sus lágrimas al lado del mostrador de los panes.

Sorprendida por lo ocurrido y cansada por los siete días previos de trabajo intenso, me acosté en la cama esa noche sin poder dormir, preocupada porque tenía que despertarme para la Misa de las 6 a.m. en la parroquia de san Francisco.

Estábamos en las bancas tranquilamente esperando a que empezara la Misa, cuando me di cuenta de que el celebrante era el cardenal Gregorio Rosa Chávez, un cercano amigo del santo. Después de la Misa, el cardenal saludó a los niños en camino a la escuela parroquial y se detuvo para saludarnos a nosotros también. Habló por largo rato en italiano con nuestro peregrino extranjero y le dio algunos regalos, incluyendo un libro de meditaciones diarias inspiradas en los escritos del santo.

En casi 20 años de viajes entre los EEUU y El Salvador, nunca me había tropezado con el cardenal, ni siquiera cuando era obispo auxiliar durante años, y me pregunto cómo fue posible que un italiano que había estado en el país por menos de 24 horas pudo conseguir una conexión directa con aquellos que conocieron estrechamente la santidad de Óscar Romero así como sus frustraciones.

Como las nubes en El Mozote, parecía que ellos habían sido cuidadosamente seleccionados y puestos en nuestro camino por una mano que no podíamos ver.

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