Con flujo de migrantes en México, entra la fatiga de donantes

By David Agren | Catholic News Service | May 22, 2019

TAPACHULA, Mexico — La hermana Bertha López estaba comprando sacos de 55 libras de arroz y el cajero le preguntó: “¿Dónde quieren el arroz, para Guatemala o para quién?”

La hermana Bertha le respondió al cajero: “Pues estamos dándole alimento a nuestros hermanos migrantes” y nos han respondido “¿para qué hacen eso? No está bien lo que están haciendo”. El otoño pasado, la población del estado sureño de Chiapas daba la bienvenida a las caravanas de migrantes que cruzaban por México desde Guatemala y continuaban su viaje hacia la frontera con los Estados Unidos.

Ofrecían toda clase de cosas, desde comida y bebida a vestido y zapatos a los viajeros de las caravanas, que a menudo incluían niños.

Las parroquias de toda la diócesis de Tapachula se movilizaron para responder a las necesidades de miles de migrantes mayoritariamente centroamericanos — muchos de los cuales huían de la violencia, la pobreza y la sequía. La congregación de la hermana Bertha, las misioneras de Cristo Resucitado localizadas en Guadalajara, curaban las heridas de los agotados migrantes en una clínica móvil.

Pero mucha de la gente local ya no da la bienvenida a los migrantes en Chiapas. Mientras tanto, los gobiernos municipales los han marginado, bloqueando el acceso a las plazas de los pueblos donde dormían muchos miembros de las caravanas y donde buscaban servicios básicos. Los oficiales del gobierno local se quejan de verse forzados a pagar los gastos de seguridad, basura y limpieza.

La fatiga de los donantes se siente aquí en el estado más pobre de México donde los sacerdotes dicen que el pueblo al principio respondió a las imágenes de los inmigrantes pobres que huían de sus países, pero que ahora están agotados al ver que las caravanas siguen llegando.

“La gente ya no responde al tema de la inmigración”, dijo el padre César Cañaveral Pérez, director diocesano de ministerios migrantes de Tapachula. “Ya la gente ya no ayuda, tanto que en las parroquias ya no pedimos para apoyar a los migrantes”.

La hermana Bertha describió un “clima de apatía” y comentó sobre la situación: “Si ven algún migrante, cierran las tiendas pero desafortunadamente esto creció a partir de que tristemente los medios trataron noticias negativas”.

La apatía llega en el momento en que México endurece las medidas sobre los migrantes que transitan por el país y el presidente Donald Trump se queja de que México “no está haciendo nada” para detener la migración — aunque en los últimos años ha detenido y deportado a más centroamericanos que los Estados Unidos.

México comenzó concediendo visas humanitarias que permitían la estancia por un año en el país, pero pronto se detractó a medida que las corrientes de migrantes crecían.

“Había escuchado que el presidente nos iba a dar visas. Y, con una visa, pensábamos que podríamos cruzar todo México sin ningún problema”, dijo David Solórzano, un campesino de 23 años que había escapado de El Salvador después de recibir amenazas de las pandillas. Había esperado poder viajar al norte con su tía.

Pero Solórzano optó por la repatriación voluntaria a El Salvador. Expresó su cansancio con el caminar sin fin. Dijo que habían puestos de control de inmigración por todas las carreteras del estado de Chiapas. Una caravana con la que él viajaba sufrió una redada de la policía, lo cual le forzó a escapar a las colinas, y dijo que le golpearon en la boca durante un intento de robo mientras viajaba sobre un tren.

“Tengo miedo de regresar a mi país” dijo desde un albergue en Ciudad Ixtepec, a 259 millas de la frontera de Guatemala. “Pero aquí no hay nada para mí”.

Las caravanas ya no pueden viajar libremente a través de México, lo que ha motivado a algunos migrantes como Solórzano a recurrir a un viaje al norte muy arriesgado: el tren “Bestia” — que se llama así por el modo en que mutila a los migrantes que caen bajo sus ruedas.

Los migrantes — incluyendo a muchos de Cuba, Haití y países africanos — siguen llegando, pero no pueden obtener los documentos para viajar que antes se concedían rutinariamente.

Pierre Saint-Paul, un migrante haitiano, viajó hacia el norte desde Chile, donde había vivido dos años, pero le fue imposible obtener documentos legales. Esperaba llegar al Distrito Federal o a Tijuana donde tenía parientes que habían llegado algunos años antes.

“Solo quiero una vida mejor para mí y para mi hijo”, dijo Saint Paul en la choza donde dormía.
Las tensiones en Tapachula están hirviendo, ya que los migrantes están asaltando las oficinas de inmigración. Se han dado al menos seis disturbios en el centro local de detenciones de inmigración.

“Hay personas que llevan meses ahí”, dijo la hermana Bertha. Advirtió de problemas de salud serios, como infecciones y diarrea en los niños debido a la falta de sanidad.

Las Misioneras de Cristo Resucitado ofrecen una comida diaria de arroz con huevos, o un vegetal y un pastel a 2,500 migrantes fuera del centro de detenciones, aunque algunos días las provisiones han escaseado y las llamadas pidiendo ayuda han sido desoídas.

Hay historias que difunden los medios y las redes sociales sobre migrantes que cometen crímenes o que son miembros de pandillas.

La Encuesta Nacional de Seguridad Urbana Pública de abril del 2019 mostraba que los residentes de Tapachula consideran a la ciudad la menos segura del país y que las percepciones empeoraron desde que empezaron a llegar las caravanas en octubre.

La policía del pueblo de Huixtla circulaba por las calles con un altavoz que gritaba: “se acerca una caravana peligrosa” y advirtiendo a la gente que no saliera de casa.

Más tarde la policía impidió a los migrantes que entraran en el centro del pueblo.

Los migrantes que viajaban en las caravanas más recientes dicen que se alimentaban de nada más que los mangos que crecen a lo largo del camino y de agua que ofrecían los oficiales de protección civil. La policía estatal multaba a los camioneros que ofrecían viajes en las traileras vacías o en la parte de atrás del camión.

Los oficiales de protección civil ofrecían agua cuando los migrantes caminaban bajo el sol abrasador, mientras que la policía federal ofrecía escolta — al menos hasta el 23 de abril, cuando la policía y oficiales de migración detuvieron una caravana y arrestaron a casi 400 migrantes.

Los habitantes de los pueblos en la ruta hacia el norte de Tapachula expresan su frustración con la llegada constante de las caravanas.

En la municipalidad de Mapastepec, Consuelo Santiago permitió a los viajeros de una caravana que cargaran sus teléfonos gratuitamente en un pequeño restaurante de la plaza del pueblo. Pero mostró su disgusto con las caravanas en la puerta de su negocio, y con que la gente donaba tanta comida y ropa a los migrantes y no todo se usaba — lo que hacía a la gente pensar que los migrantes son unos ingratos.

“La gente no ve la necesidad de tirar su dinero a la basura”, dijo. “Lo único que da ayuda es la iglesia”.

Aun nacen signos de empatía en la región. En Mapastapec, los feligreses de la iglesia de San Pedro Apóstol normalmente comparten pan el Sábado Santo y el Domingo de Pascua. En cambio, este año proporcionaron comidas para 2,000 migrantes que pasaban por el pueblo.

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